El Mirador y lo que todavía tenemos que aprender de los mayas | Richard Hansen

 

     

 

Después de más de cuatro décadas de investigación en la Cuenca Mirador, he tenido el privilegio de observar de cerca una de las expresiones más extraordinarias de la civilización maya. Lo que hemos encontrado allí no solo cambió nuestra comprensión del pasado, también nos obliga a pensar en la forma en que protegemos este legado para las futuras generaciones.

Cuando llegué por primera vez a la región de El Mirador, en 1978, jamás imaginé que aquel lugar terminaría ocupando una parte tan importante de mi vida.

Han pasado décadas desde entonces y, sin embargo, todavía hay momentos en los que caminar entre estas antiguas estructuras me produce la misma sensación de asombro.

Cada excavación, cada descubrimiento y cada nueva tecnología aplicada a esta región ha ido revelando una historia mucho más compleja de lo que pensábamos.

Durante muchos años existió la idea de que la civilización maya había alcanzado su mayor nivel de desarrollo mucho más tarde. Pero los hallazgos en la Cuenca Mirador comenzaron a mostrarnos algo diferente.

Mucho antes de lo que se creía, estas sociedades ya eran capaces de construir enormes ciudades, organizar poblaciones numerosas, desarrollar sistemas políticos complejos y ejecutar proyectos monumentales que requerían un nivel extraordinario de planificación.

Eso cambió nuestra manera de entender a los antiguos mayas.

Y también cambió muchas de las preguntas que nos hacíamos.

Siempre me ha impresionado pensar cómo pudieron levantar construcciones de semejante escala sin animales de carga, sin maquinaria moderna y sin las herramientas que hoy consideraríamos indispensables.

La respuesta está, en gran medida, en la organización.

Nada de esto pudo haberse realizado sin una estructura social capaz de coordinar a miles de personas, movilizar materiales, administrar recursos y pensar a largo plazo.

Y esa capacidad de planificación se hace todavía más evidente cuando observamos cómo estaban conectados los distintos asentamientos.

Con la llegada de tecnologías como el LIDAR, nuestra visión de la región cambió de manera radical.

De pronto pudimos observar, debajo de la selva, estructuras que durante siglos habían permanecido ocultas.

Lo que parecía una colección de sitios aislados comenzó a mostrarse como una extensa red de ciudades y comunidades interconectadas.

Hemos identificado cientos de asentamientos y una enorme cantidad de antiguas calzadas que comunicaban distintos centros urbanos.

Cuando uno observa esos patrones desde una perspectiva amplia, comprende que no estamos hablando de comunidades improvisadas.

Estamos hablando de una sociedad organizada.

De planificación territorial.

De ingeniería.

De una visión de conjunto.

Eso es precisamente lo que sigue sorprendiéndome después de tantos años.

Cada vez que creemos haber comprendido una parte de esta historia, aparece nueva evidencia que nos obliga a reconsiderarla.

 

Uno de los grandes desafíos sigue siendo comprender cuántas personas vivieron realmente en esta región.

Durante mucho tiempo las estimaciones se realizaron a partir de estructuras visibles en superficie.

Pero las excavaciones nos han demostrado que muchas construcciones permanecen ocultas bajo capas de tierra y vegetación.

Eso significa que probablemente todavía estamos subestimando la magnitud de las poblaciones que habitaron estas ciudades.

Y mientras más comprendemos su tamaño, más impresionante resulta pensar en cómo pudieron sostenerlas.

¿Cómo producían suficientes alimentos?

¿Cómo administraban el agua?

¿Cómo funcionaban sus sistemas políticos?

¿Cómo organizaban el trabajo?

¿Cómo se relacionaban las distintas comunidades entre sí?

Esas son algunas de las preguntas que continúan guiando nuestro trabajo.

Pero hay algo que para mí resulta todavía más fascinante.

Quiero comprender a las personas.

Porque detrás de las pirámides, de las calzadas y de los monumentos existieron seres humanos.

Personas que tenían familias, creencias, preocupaciones, aspiraciones y una forma particular de comprender el mundo.

Por eso uno de los grandes retos pendientes es avanzar en la comprensión de la escritura maya más antigua.

Sabemos mucho más sobre textos correspondientes a períodos posteriores, pero existen inscripciones tempranas que todavía guardan enormes misterios.

 

Poder leerlas sería algo extraordinario.

Sería acercarnos directamente a la voz de aquellas personas.

Conocer cómo entendían su sociedad.

Cómo veían a sus gobernantes.

Cómo concebían a sus dioses.

Qué temían.

Qué esperaban.

Y qué futuro imaginaban.

La arqueología, al final, no consiste únicamente en descubrir edificios.

Consiste en intentar reconstruir vidas.

Ese es uno de los aspectos que más me apasionan de este trabajo.

Pero estudiar estas sociedades también nos permite observar algo más.

Nos permite analizar cómo nacen, crecen, prosperan y eventualmente enfrentan crisis las grandes civilizaciones.

Y eso debería interesarnos profundamente.

Porque el pasado también puede enseñarnos sobre el presente.

Podemos estudiar qué decisiones permitieron que estas sociedades prosperaran durante siglos y qué factores contribuyeron posteriormente a su transformación o colapso.

Hay lecciones allí que todavía debemos comprender.

Por eso la conservación de la Cuenca Mirador es tan importante.

No estamos hablando únicamente de proteger ruinas.

Estamos hablando de proteger información que todavía no hemos descubierto.

Cada hectárea de bosque destruida puede significar la pérdida de estructuras, contextos arqueológicos y datos históricos que jamás podremos recuperar.

La deforestación, la expansión de actividades ilegales y otras presiones sobre la región representan amenazas reales.

Y cuando se pierde ese patrimonio, no solamente pierde Guatemala.

Pierde el mundo.

He dedicado más de cuatro décadas de mi vida a estudiar esta región y todavía siento que apenas estamos comenzando a comprenderla.

Eso quizá sea lo más extraordinario.

Después de tantos años, El Mirador todavía tiene secretos.

Todavía existen estructuras sin excavar.

Todavía existen textos que no podemos leer.

Todavía existen preguntas que no sabemos responder.

Y eso significa que todavía tenemos muchísimo que aprender.

A veces me preguntan qué le diría o qué le preguntaría a una persona que hubiera vivido aquí hace más de dos mil años.

Probablemente no comenzaría preguntándole cómo construyeron sus pirámides.

Le preguntaría algo mucho más sencillo.

¿Cómo entendías tu mundo?

Quisiera saber qué veía cuando miraba el cielo.

Qué pensaba de sus gobernantes.

Qué esperaba para sus hijos.

Qué temía perder.

Y qué creía que ocurriría con su civilización en el futuro.

Porque, después de todo, estudiar el pasado no consiste solamente en mirar hacia atrás.

También consiste en preguntarnos qué podemos aprender de quienes estuvieron aquí antes que nosotros.

Y en el caso de El Mirador, estoy convencido de que todavía tenemos mucho por descubrir.

Richard Hansen

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