Detrás del escritorio | Marlon Rosales: Guatemala, seis décadas de tristeza y esperanza

 

     

 

En esta edición de Detrás del escritorio, Marlon Rosales reflexiona sobre seis décadas de historia reciente de Guatemala, desde los regímenes militares hasta la era democrática. Una mirada crítica a la corrupción, la desigualdad, la migración y la pérdida de confianza en las instituciones, pero también un llamado a recuperar la participación ciudadana y la esperanza de construir un país diferente.

Después de seis décadas de vivir en lo que para mí sigue siendo uno de los países más ricos y bellos del mundo, resulta imposible no sentir una profunda tristeza por la forma en que hemos construido nuestra historia reciente.

Viví los regímenes militares. Conocí una época marcada por la represión, la falta de libertad y las enormes diferencias sociales. Hablar podía tener consecuencias y exigir cambios parecía casi imposible.

Cuando comenzó la era democrática en los años 80, muchos creímos que Guatemala iniciaba una nueva etapa. Había esperanza. Pensábamos que la libertad política también traería progreso, oportunidades y mejores instituciones.

Pero con los años, aquella ilusión comenzó a deteriorarse.

La corrupción encontró nuevas formas de adaptarse. Cambiaron los nombres, los partidos y los discursos, pero demasiadas veces las mismas prácticas permanecieron alrededor del poder.

La deuda creció, la pobreza continuó golpeando a millones de familias y Guatemala comenzó a exportar mano de obra. Nuestros migrantes terminaron convirtiéndose en verdaderos héroes económicos.

Con su trabajo en el extranjero sostienen a sus familias y aportan una parte fundamental de los recursos que mueven nuestra economía. Sin embargo, seguimos sin crear suficientes condiciones para que tantos guatemaltecos puedan encontrar oportunidades dignas dentro de su propio país.

Mientras tanto, los pequeños y medianos empresarios luchan diariamente para sobrevivir, pagar impuestos, generar empleo y enfrentar una burocracia que muchas veces parece castigar a quien intenta trabajar dentro de la legalidad.

Cada cuatro años aparecen nuevos candidatos prometiendo transformar Guatemala.

Pero demasiadas veces termina ocurriendo lo mismo.

Cambian los rostros y los partidos, mientras las estructuras de poder encuentran la forma de permanecer.

Ese desgaste ha provocado algo todavía más preocupante: nos hemos acostumbrado.

La corrupción comienza a parecernos normal.

La desigualdad parece inevitable.

La migración se convierte en el sueño de miles de jóvenes.

Y la frustración pasa de una generación a otra.

También debemos mirarnos como sociedad.

No todo puede atribuirse únicamente a los políticos. Durante demasiado tiempo hemos tolerado, participado o guardado silencio frente a prácticas que sabemos que dañan al país.

Incluso la prensa debe preguntarse cuál es su responsabilidad. Guatemala necesita medios capaces de fiscalizar, investigar y colocar en el centro de la conversación los problemas verdaderamente importantes para la población.

Pero, a pesar de todo, Guatemala no está condenada.

Tenemos recursos naturales, tierras fértiles, una ubicación privilegiada, una riqueza cultural extraordinaria y, sobre todo, millones de personas trabajadoras que todos los días demuestran de qué es capaz este país.

Nuestro problema nunca ha sido la falta de riqueza.

Ha sido nuestra incapacidad para convertir esa riqueza en oportunidades para todos.

Por eso no podemos continuar esperando que el próximo gobierno resuelva mágicamente los problemas que durante décadas hemos permitido crecer.

Tenemos que recuperar la capacidad de indignarnos, organizarnos, participar y exigir.

Pero también debemos construir.

Porque ningún país cambia únicamente con críticas.

Guatemala necesita ciudadanos dispuestos a involucrarse, empresarios comprometidos, instituciones fuertes, funcionarios honestos y nuevas generaciones que comprendan que el servicio público debe ser precisamente eso: servicio.

 

Seguir como estamos ya no se vale.

No por quienes vivimos estas seis décadas.

No por quienes lucharon antes que nosotros.

Y mucho menos por nuestros hijos y nuestros nietos.

Guatemala merece algo diferente.

Y todavía estamos a tiempo.

Amar a Guatemala no significa cerrar los ojos ante sus problemas.

Amar a Guatemala significa tener el valor de cambiarla.

 

Marlon Rosales
Detrás del escritorio | Maro Magazine

Comentarios

https://maromagazine.com/assets/images/user-avatar-s.jpg

0 comment

Write the first comment for this!